curso de escritura 4

Ayer hablamos de la importancia de diseñar tu obra antes de empezar a redactarla.

Una buena estrategia: escribirás mejor y tu proceso creativo será más ágil y divertido.

Pero para que tu proceso de escritura saque lo mejor de ti, te harán falta dos ingredientes más.

Vamos a por el segundo, el que te permitirá redactar tu texto, de principio a fin, sin perderte por el camino.
 

Escribir en “copo de nieve”


Una vez tengas el diseño básico de tus personajes y de tu trama (si escribes ficción) o la estructura de tu argumento (si escribes artículos o ensayo), habrá llegado el momento de empezar a escribir.

Tu tendencia natural será la de empezar a redactarla desde el principio, esmerándote en que tu texto sea lo mejor posible.

De nuevo, mala idea.

Por bien que hayas trabajado en el diseño, tu conocimiento de la historia (o del material que quieres comunicar) será aún superficial y si empiezas a escribir sin más, es inevitable que tropieces con imprevistos que te obliguen a reescribir pasajes (o incluso capítulos) enteros.

¿La solución?

Escribir en “copo de nieve".

La siguiente figura (una criatura matemática llamada 'curva de Kock') es la que da nombre a esta forma de trabajar:



¿Ves el copo de nieve que aparece al final?
 
¿Podrías dibujarlo directamente, sin la guía de los esbozos previos?
 
Tal vez.
 
Pero si utilizas esos esbozos preliminares como guía, el trabajo será más fácil y el resultado mucho mejor.

Con tu texto ocurre lo mismo.

Tal vez podrías escribirlo directamente, pero el trabajo te resultará más fácil (y el redactado final será mucho mejor) si primero escribes textos preliminares que te ayuden a orientarte.

Estos textos preliminares (resúmenes de tu obra, esencialmente) te servirán de referencia y te ayudarán a desarrollar el detalle de tu historia progresivamente y sin perder de vista el entramado global.

Si escribes así, harás crecer tu trabajo de un modo equilibrado y no te perderás en escenas, argumentos o subtramas que no llevan a ninguna parte.

Tan eficaz (e ilustre) es esta estrategia, que en la ficción estás versiones preliminares tienen incluso nombre.

La primera (el equivalente del triángulo inicial de la animación) suele llamarse sinopsis y es una síntesis de tu historia de apenas unas líneas de extensión.

Otros estadios de desarrollo se llaman escaleta y tratamiento.

Pero los nombres no importan tanto como el concepto.

Y el concepto es este: no intentes escribir tu texto entero directamente. No funcionará.

En su lugar, construye versiones intermedias (dos o tres, en función de lo compleja que sea tu obra) y verás cómo, paso a paso pero inexorablemente, aquello siempre soñaste escribir toma forma entre tus manos.

Van dos de tres.

Mañana seguimos.






Por último te dejo un poco de lectura.





Hoy te traigo algo distinto.
Un fragmento de la literatura universal, con un pequeño comentario.
Una gota de literatura para tomar con el café.
¿Te parece si empezamos con Hemingway?
“[…] Estaba tan enamorada que hubiera roto cualquier corazón por ti. Era una perfecta estúpida. Rompí mi corazón, también. Roto y perdido. Todo aquello en lo que creía, todo lo que me importaba, lo dejé por ti, porque eras tan maravilloso y me querías tanto y el amor era lo único que contaba. El amor era lo más grande, ¿verdad? El amor era algo nuestro: algo único que nadie más tenía ni podría tener nunca. Tú eras un genio y yo era toda tu vida. Yo era tu compañera y tu pequeña flor negra. Porquerías. El amor es solo otra sucia mentira. […]”
Ernest Hemingway, Tener y no tener.
Capítulo XXI. Conversación entre Richard Gordon y Helen Gordon.

De todas las sutilezas que contiene este fragmento, me quedo con la pregunta central:
“¿Verdad?”
Una sola palabra que desvela el cinismo de las frases anteriores y actúa como bisagra, encaminando el párrafo hacia su conclusión: ¿verdad Richard?, ¿verdad que me decías, a menudo en la cama, que el amor era lo más grande?
Porquerías…
Esa pregunta es también un ejemplo de un diálogo bien escrito: muestra el estado de espíritu del personaje que habla (que pregunta al aire y no espera —ni desea— respuesta) y también el del que escucha (que se calla y aguanta la tormenta porque no tiene con qué defenderse).
Escribir un diálogo eficaz es difícil, pero pasa siempre por vivir tus personajes desde dentro.
Por conocerles como si fueras tú mismo.
Por imaginar que eres tú mismo.
Sólo así es posible descubrir los que tus personajes dirían si fueran personas de verdad.
Escribir diálogos es, en el fondo, un ejercicio de interpretación.
Difícil pero, cuando funciona, mágico.

nos vemos mañana 
deja tus comentarios. 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

cumple años

Estoy seguro que hace mucho tiempo, hace muchas reencarnaciones; yo me llamaba Adán y seguramente tú te llamabas Eva. Lo sé porque cuando t...